8 Oct 2012

UN OASIS DE HORROR EN VICÁLVARO (crónica de un suceso por resolver)






El caso del niño rumano encontrado muerto en Vicálvaro ha quedado en suspenso tras ser declarado secreto sumario por la policía. La prensa afirma que fue un accidente. Recorro el escenario del suceso y relato el ambiente de un barrio donde la tensión crece sin parar.



“Me hubiera gustado ser detective de homicidios, mucho más que escritor. De eso estoy absolutamente seguro. Un tira de homicidios, alguien que puede volver solo, de noche, a la escena del crimen, y no asustarse de los fantasmas. Tal vez entonces sí que me hubiera vuelto loco, pero eso, siendo policía, se soluciona con un tiro en la boca.” Roberto Bolaño en su última entrevista.

1.Los hechos.

El 24 de septiembre de 2012 a las 16:00 el niño rumano Gabriel Vidrascu, de 12 años, desapareció misteriosamente en el distrito madrileño de Vicálvaro. Esa tarde su padre Ginel Vidrascu, un rumano de 35 años de estatura media y corpulento, denunció el caso a la policía. Aseguró que se trataba de un secuestro.



Ginel explicaba sus sospechas: Cuatro días antes de la desaparición de su hijo había tenido una trifulca con una familia vecina.

Todo comenzó con una riña de colegio. Según él, el 20 de septiembre su hijo fue agredido por un niño de etnia gitana “que le había pegado y robado en ocasiones anteriores”. Varios vecinos confirman su versión: Gabriel llegó a casa “llorando y absolutamente atemorizado”. Ginel acudió a abroncar al chico que pegó a su hijo. “Le zarandeó y le dio collejas, nosotros lo vimos todo”, cuentan unos ancianos que prefieren no dar sus nombres. Esa misma tarde, siempre según el relato de Ginel, el padre del chico gitano reunió a 30 personas que rodearon su casa con perros y bates gritando: “¿Dónde está el rumano?”. A lo largo de la semana Vidrascu llegó a declarar que estaría dispuesto a mudarse de barrio y olvidarlo todo si los gitanos le devolvían a su hijo.

“La misma tarde de la pelea yo le aconsejé a Ginel que no saliera de casa en unos días, porque aquí los gitanos no se andan con chorradas”, comenta un vecino de la zona, “pero me dijo que prefería no vivir con miedo”. Cuatro días después de la pelea, el lunes 24 de septiembre a las 4 de la tarde Gabriel salió a jugar al parque y no se supo más de él. Ningún vecino consultado lo vio después de esa hora.

El jueves 4 de octubre a las 14:00 la policía encontró el cuerpo de Gabriel Vidrascu flotando en una laguna a 3 kilómetros del parque de la Vicalvarada, el lugar donde supuestamente se había perdido su rastro. El cuerpo se hallaba cerca de una tabla de surf. Por la tarde el padre reconoció el cadáver de su hijo, a pesar de que este se encontraba completamente deformado e hinchado tras estar 10 días sumergido en el agua. Los vecinos del barrio y los psicólogos del SAMUR asesoran a la familia desde entonces.



La policía ha declarado el secreto de sumario y ha convencido a Vidrascu de que no haga más declaraciones que pueden tornarse contraproducentes. fuentes del Instituto Anatómico Forense de Madrid aseguran que los datos completos de la autopsia no han sido revelados y no lo serán hasta que termine la investigación.

Según los periodistas, todo apunta a que el chico sufrió un accidente en la laguna. O bien se perdió o llegó allí desde el parque y una vez en el agua, se ahogó. Los grandes diarios eliminan las informaciones que apuntaban a un asesinato. El titular de El País es contundente: El niño de Vicálvaro murió de forma accidental el día de su desaparición.

Pienso que la única forma de averiguar algo más es trasladarme al lugar de los hechos. Y eso hago la misma tarde del viernes 5 de octubre de 2012.

2.El escenario

Siempre que llego a la estación de Atocha y subo al tren de cercanías de la línea 3 recuerdo aquella mañana del 11 de marzo de 2004 en la que explotaron las bombas de Al Qaeda. Me pregunto por qué eligieron los yihadistas un lugar tan humilde y sufrido como el sureste de Madrid para atentar contra el imperialismo occidental.

El tren me traslada desde el centro urbano más europeizado al área de Vallecas, compuesta por varios barrios obreros (Entrevías, El Pozo, Villa de Vallecas y Santa Eugenia) que aglutinan más de 350.000 habitantes, algunos aduares y el inmenso secarral manchego rodeando el conjunto. La siguiente estación es Vicálvaro. Los años ochenta dieron un fuerte influjo poblacional a la zona y se realojaron decenas de miles de viviendas de protección oficial, pero los nuevos habitantes sufrieron de lleno el impacto de la delincuencia y la drogadicción. Aún hoy son problemas vigentes, lejos de extinguirse.


De los 71.000 habitantes de Vicálvaro, 11.000 son de origen extranjero, el 17% del total. El pueblo tiene los violentos contrastes que provoca un crecimiento poblacional heterodoxo, nutrido de jóvenes de clase media asentados en urbanizaciones recién construidas y por otro lado, de inmigrantes que llegan desde países pobres y se buscan la vida como pueden. El habitante medio es un joven de treinta a cuarenta que compró una casa con jardín y aún no ha terminado de pagar la hipoteca. Pero también es un extranjero (la nacionalidad más numerosa en Vicálvaro es la rumana, un 31% del total de inmigrantes) que a veces se adapta a la cotidianeidad de su nuevo barrio y a veces prefiere unirse a los suyos y perpetuar el modo de vida de su país originario. Dos opciones, por otra parte, absolutamente legítimas. Entre estos recién llegados de dentro y de fuera, se encuentra el habitante autóctono y un porcentaje indeterminado de población de etnia gitana que durante años fue acusada de conflictiva, pero que hoy parece convivir sin problemas con el resto.


3.Del parque a la laguna




Me bajo del tren, atravieso el pueblo y llego a la casa de Ginel Vidrascu, padre del fallecido. Compruebo que de la casa al Parque de la Vicalvarada hay unos veinte metros. El chico solo tuvo que cruzar la calle para llegar allí. Me encuentro decenas de carteles con la cara de Gabriel pegados en cada árbol y en cada poste. El parque es amplio y está lleno de árboles, como cualquier parque de Madrid. Pregunto a unos chicos dónde está la Laguna. "Por allí abajo", me dicen señalando en dirección norte, "puedes llegar andando". Mienten. La superficie arbolada termina antes de lo que parece. A continuación hay un pequeño descampado de matojos y un alambrado de 2 metros de altura que impide el paso. En ningún lugar de la verja hay un solo agujero. Gabriel no pudo pasar por allí para llegar a la laguna. Además, detrás del alambrado está la carretera Radial 3, una ancha autopista de 4 vías por la que los coches pasan a 120 Kilómetros por hora. Imposible de cruzar a pie. A unos 3 kilómetros se ven unos precipicios. “Esas son las lagunas”, me dice un vecino.



Pregunto a varios viandantes cómo pudo llegar el niño desde el parque a la laguna. Es impensable que un niño de 12 años salte una valla como esta, cruce una autopista, escale un terraplén de tierra y atraviese decenas de colinas y precipicios hasta llegar a aquel lugar escondido. Muchos vecinos me dan informaciones contradictorias: que allí no va ni Dios, que van todos los chicos a bañarse en verano, que solo los gitanos se bañan porque son inmunes a las aguas contaminadas, que van los viejos a recoger setas en invierno…

Solo coinciden en una cosa: nadie puede llegar allí casualmente o por un despiste. Es fácil llegar pero solo sabiendo muy bien dónde se va. Recuerdo que los padres de Gabriel aseguraron que ni ellos ni su hijo había ido nunca a la laguna. Si eso es cierto, ¿Cómo llegó el niño?

Decido ir andando hasta la Laguna. Tengo que rodear el parque y recorrer el camino azul que hay trazado en el mapa satélite de arriba. Tardo unos 20 minutos a buen ritmo. Desde el parque llego a la M40, cruzo la rotonda con bastante cuidado ya que los coches en esa zona circulan a bastante velocidad. Camino hasta llegar a una chatarrería donde encuentro a varios hombres con perros callejeros. Les pregunto cómo llegar a la laguna y me indican (después lo sabré) el camino más largo y peligroso. “Y ten cuidao payo no te vayas a trompezar y te mates, como el pobre niñu ese”. Hay quien dice que es un asesinato, les digo. "Esos mierdas que nos echan la culpa de to a los gitanos. Todo el mundo sabe que un gitano nunca haría daño a un niño". Es verdad, respondo, eso se dice de siempre.


Rodeo la chatarrería por largos caminos desolados parapetados por montañas de basura, perros ladradores y casetas de metal. Atravieso las empresas constructoras Pafelma, Danosa y Pacsa. El sol esta cayendo y el camino no parece tener fin. Por primera vez soy consciente de que el ruido incesante de los coches está menguando y me zambullo en un silencio total. Por fin veo los acantilados teñidos de naranja por la luz del crepúsculo. Me arrastro por debajo de una alambrada que impide el paso y trepo un par de colinas más hasta llegar al borde del precipicio y tener una visión panorámica de la laguna: una inmensa letra L con un eje de 200 metros y otro de unos 150.


El paisaje es impactante. Los cortados, de unos 50 metros de altura, caen como cuchillas cobre el agua verdosa e inmóvil que refleja como un espejo las paredes de tierra parda y el cielo aún azul y despejado de Madrid. Me quedo allí unos 40 minutos rodeando la laguna e imaginándome a mí mismo de niño, cuando era un insensato loco por saltar y escalar por los lugares más difíciles. Sin embargo, recuerdo, la familia de Gabriel insiste en que el chico era tranquilo y prudente y que no se le ocurriría hacer una locura así.

Bajo por la ladera hasta casi tocar el agua y me quedo sentado mientras cae definitivamente el sol. Es un oasis de horror, pienso. Y recuerdo el poema de Baudelaire El viaje:

"El mundo, monótono y pequeño, en el presente,
Ayer, mañana, siempre, nos hace ver nuestra imagen;
¡Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento!".

De pronto oigo el sonido de un motor y veo una furgoneta que para en la zona más alta del acantilado. Llevo una hora solo en ese lugar siniestro y tengo ganas de hablar con más gente, así que no dudo en acercarme. Del vehículo salen 5 jóvenes y comienzan a tirar piedras al agua, hasta que me ven subir la ladera. Aunque estoy a unos 100 metros de ellos, gracias al eco de los acantilados oigo perfectamente lo que dicen: “Mira primo, que está ahí el CSI buscando pruebas”. Según camino, empiezo a fantasear y a imaginar situaciones complicadas. Si estuviera en México no se me hubiera ocurrido venir a un lugar como este. Cuando estoy a unos 50 metros les llamo. Se quedan parados 5 segundos hablando en voz baja, suben a la furgoneta y se marchan dejando un reguero de polvo.

4.Las personas

Decido regresar y dar una vuelta por el barrio. Cuando llego de nuevo al parque veo un corro de gente en el portal aledaño de la calle Villajimena, que se extiende por varios bloques de viviendas de ladrillo rojo. Allí está el padre, Ginel, con gesto neutro y mirada perdida, fumando con estilo mientras echa discretas ojeadas alrededor. Cinco rumanos de tez morena, tres de ellos con cazadoras de cuero negro, le rodean protectores. Uno le da palmaditas en la espalda. Otro parece contarle un chiste. Ginel sonríe forzadamente.



Paso de largo y me introduzco como puedo en otro corro de vecinos que se agrupan en torno a las primas y las hermanas de Gabriel. A unos 10 metros hay una ofrenda floral dedicada al niño fallecido. La portavoz de la familia, Micaela, enciende una a una las 35 velas rojas colocadas al pie de la foto del chico. A cada rato, los vecinos se acercan a darles el pésame. “Tenéis que pedir la pena de muerte”, le dice una chica rubia. “Esto no puede quedar así”, comenta otra. “Ah ¿pero no había sido un accidente?” añade una señora mayor con tono despistado. Todos la miran con cara de hastío y poca paciencia. Nadie responde.

Hablo con muchos vecinos. Todos tienen un buen recuerdo del chico y mantienen buena relación con la familia. “Dos horas antes de que desapareciera le regalé una camiseta de la selección española. ¡Cómo se puso de contento! Le encantaba la selección”, me cuenta un hombre con voz apenada. Muchos sospechan que alguien le llevó allí, vivo o muerto. Otros acusan a los gitanos del barrio, con los que el chico había tenido varias peleas. Una minoría pide prudencia y se inclina a pensar que todo pudo ser un accidente. “Yo conozco a los implicados en la pelea y solo fueron a pedir explicaciones a Ginel. Son buena gente, incapaces de asesinar a un niño”, asegura una mujer.

Todo el barrio sigue hablando del tema y nadie parece creer la hipótesis del accidente. Pero saben que hasta que la policía no termine su investigación no se sabrá nada con certeza. “Y si ellos no hacen su trabajo, me parece que la gente va a tomarse la justicia por su mano”, añade Carlos R., “¿tú no lo harías?”.

Las conversaciones fluctuaban en torno al meollo de la cuestión, sin tocarlo nunca de lleno. Se habla de la inseguridad en Madrid, las bandas armadas, la torpeza y la negligencia policial, las mentiras de la prensa… Entre los vecinos conozco a los padres de Sandra Palo, la joven de 22 años brutalmente asesinada en 2003, en la localidad madrileña de Getafe. Ante tantos testimonios demoledores, yo solo puedo aportar mi experiencia al otro lado del charco, donde la policía es muchas veces cómplice de los asesinatos. Algunos me miran incrédulos cuando lo cuento.

A las diez de la noche comienzo a percibir movimientos extraños. Un furgón de antidisturbios pasa cada dos por tres por la carretera y algunos policías merodean en las calles aledañas. “En la acera de enfrente están ellos”, me aclara un vecino, adivinando mi inquietud. “¿Quiénes son ellos?”, le pregunto. “Tú con la calle que tienes, sabes perfectamente quiénes son. No te hagas el tonto”, me dice. “Y mira, cuando pase ese de azul oscuro cambiamos de tema ¿Vale?”. Disimuladamente, veo a un hombre moreno con chaqueta azul oscura detenerse entre el gentío y encender un cigarrillo. Cruza la calle lentamente, se gira y me mira a los ojos. No es gitano, quizás es casualidad que me haya mirado. “¿Ves?”, me dice el vecino, “está la cosa muy caldeada, para mí hay un 95% de posibilidades de que esto explote, por el bien de todos que la policía resuelva todo rápidamente”.

En ese momento, una vecina me coge de la mano y me dice: "ven, ya puedes hablar con él". Yo la sigo y me introduzco cuidadosamente en el círculo de hombres rumanos, que me miran desconfiados. Ahora estoy enfrente del padre. Le doy la mano y le digo que lo siento, que espero que todo se solucione pronto y que se que no puede ni debe decir nada a nadie. Me aprieta la mano y me mira muy fijamente a los ojos, como buscando algo. “Sí, por ahora no puedo decir nada. Hasta que todo esto pase, llámame en unos días”. Sus ojos azules y acuosos desprenden una fiereza contenida que me estremece.

Mientras aprieta mi mano soy enteramente consciente de su situación. Pienso que yo no podría contener mi rabia, ni mis deseos de venganza. Pienso que hubiera conseguido un arma como fuera y me hubiera tomado la justicia por mi mano. Pienso que no hay consuelo humano en casos como este. Pienso en la injusticia, en la negligencia policial, en las mentiras de la prensa. En el mundo mentiroso e irreal en el que vivimos…

Después, cuando me estoy marchando, pienso en la posibilidad de que al final, pese a lo inverosímil del caso, se trate de un accidente y todo esto quede en nada, en el infortunio, en el oasis de horror en medio de lo cotidiano en el que podemos caer cualquiera de nosotros, en cualquier momento. Paf, se acabó.





1 comment:

Anonymous said...

Este niño fue asesinado pero a la Policía le ha interesado colar el crimen como un accidente como hace con muchos otros crímenes.
En la vida real, ganan los peores asesinos y mafiosos, lo digo por experiencia, incluso muchos criminales se hacen policías y luego son la ley y todos encubren al compañero delincuente, quien no tiene dinero para pagar una investigación privada, no puede hacer justicia.